LA AUTONOMÍA DE LOS CENTROS: UN ATAQUE AL MODELO DE LA ESCUELA PÚBLICA Y A LAS CONDICIONES LABORALES EN LA ENSEÑANZA (PÚBLICA, PRIVADA O CONCERTADA)

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Una compañera nos manda unas reflexiones interesantes sobre la autonomía de los centros docentes. Lo reproducimos aquí por su interés.

La autonomía se define como la condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie. Tiene que ver con la capacidad para darse normas a sí mismo, para autogobernarse, para decidir, para actuar con libertad.

Es por tanto uno de esos conceptos fundamentales en el ámbito de la filosofía, de la moral o de la política. Uno de esos conceptos que, en función de cómo lo interpretamos, nos sitúa en uno u otro universo de valores, en el campo de la izquierda o en el de la derecha y el conservadurismo. Y son ellos, de nuevo, los neoliberales que han conseguido apropiarse del concepto de familia, del término libertad, calidad, emprendedor, riqueza, excelencia, incluso progreso, desarrollo o vida, los que llevan ahora el término autonomía a su terreno.

Cuando pienso en el concepto de autonomía pienso, primero en el concepto de libertad. Pero, ¿de libertad para qué?. Pues para decidir todo aquello que está en la esfera de lo personal: mis creencias, valores, estilo de vida, el modelo de familia o de relaciones, las cosas intrascendentes –cómo visto, cómo uso mi tiempo de ocio,…- o las importantes –cómo quiero morir o recibir cuidados en una fase terminal de mi vida-. En este ámbito tengo un concepto de la libertad, por así decirlo, “negativo”, de ausencia de imposiciones. Rechazo las injerencias de las religiones o de las normas sociales o culturales que nos impiden elegir como vivir, pero también, a todo aquello que nos roba nuestro tiempo y que nos hace que entreguemos parte de nuestra vida al mercado, como el consumismo.

Pero la esfera de lo privado, de lo estrictamente individual, se acaba pronto. Las personas necesitamos vivienda, alimentos, agua, energía, servicios de salud, medicamentos, educación, cuidados de todo tipo, transporte, comunicación, cultura,… y un entorno (una ciudad, un medio ambiente,…) en que vivir. Cosas (bienes, servicios) que se producen (o mantienen) colectivamente y para un colectivo de personas. Está claro que en este ámbito no puedo tomar decisiones individuales. ¿Renuncio a ejercer mi libertad o mi autonomía? Pues no, en este ámbito la autonomía se convierte en un concepto “positivo”: libertad es capacidad de intervenir en las decisiones. Libertad es, en este caso, democracia. Por eso me gusta que sean públicos o regulados públicamente (y gestionados democráticamente) el agua, la alimentación, la sanidad, la educación,… o incluso la banca o la vivienda. Quiero que me pregunten si quiero que la energía que enciende el ordenador en el que estoy escribiendo venga de una central nuclear que que amenazará la vida de nuestros descendientes por varios siglos o de una placa solar en el tejado de mi casa. No me generan urticaria irritante los impuestos, pero me molesta que se gasten sin control público, sin transparencia, sin criterios de utilidad social y sin democracia.

Además para acceder a la autonomía es necesario contar con un empleo (con un empleo digno y con derechos, claro), con una vivienda o con prestaciones que nos protejan de situaciones complicadas (desempleo, enfermedad, invalidez). Así es que me gusta todo lo que contribuye a mejorar esas condiciones de vida y de trabajo y me parece perfecto que, para garantizarlo a todo el mundo, se intervenga desde el espacio público, que exista legislación laboral, negociación colectiva, vivienda protegida,…

Pero todavía me falta algo más. Ser autónomo/a significa no depender de nadie. Así es que estoy en contra de todo mecanismo hegemonía-subordinación y por eso, lo que menos me gusta de todo, es el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la opresión de los ricos frentes a los pobres (para esto no hay término) y cualquier práctica “antiminoría” (entendiendo por minoría también a aquellos/as que, aun siendo mayoría –como las mujeres- tienen una participación minoritaria en el poder). En definitiva, para mí, no hay autonomía sin igualdad.

Todo esto viene a cuento para decir que cuando pienso en autonomía pienso en libertad de las personas, en democracia, en protección, en servicios y prestaciones púbicas, en democracia y en igualdad. Si pienso en escuela y autonomía, pienso en una escuela democrática, gestionada públicamente, que cumpla la función social de proporcionar una educación adecuada y para cada persona, que forme para el ejercicio de la libertad (sin las injerencias de la religión o de cualquier otra ideología limitadora), que forme en los valores de la igualdad y compense las diferencias sociales y apoye a los que tienen más dificultades, que contemple la diversidad que existe entre los individuos y las familias,…

Evidentemente, soy una mujer de izquierdas. Pero Esperanza Aguirre, no. Su concepto de autonomía y libertad es el concepto del neoliberalismo: Justo el contrario. En el ámbito individual, la libertad para elegir (los hijos que quiero tener, la persona con la que me quiero acostar o el dios al que quiero rezar si es que quiero rezar a alguno) está limitada por normas morales, religiosas, sociales,… Pero controlar desde lo público la economía, la educación, los servicios esenciales, es una injerencia intolerable en la libertad y en la capacidad de decisión (de los que pueden decidir algo). La defensa de la igualdad, un atentado a la libertad de las personas (que al parecer se han situado en la posición de opresores – oprimidos respectivamente de forma voluntaria). Y la recaudación de impuestos nos arrebata la libertad de gastar nuestro dinero en lo que nos de la gana (en un triciclo, por ejemplo, o un Ferrari, cada uno lo que quiera).

Por eso, cuando Esperanza Aguirre habla de autonomía de los centros educativos, piensa en maldades. La autonomía de los centros no es la independencia y el control democrático de la comunidad educativa que forma ese centro, ni el control público –que también puede ser democrático- para que el centro cumpla con su función social de satisfacer las necesidades educativas de todos y todas y promover la igualdad. La autonomía de los centros supone, ni más ni menos, que los centros no tengan trabas para operar en el mercado educativo. Que puedan diseñar el producto educativo para captar, con las técnicas de marketing adecuadas, el nicho de clientela que más les interese.

Conviene empezar a utilizar estos términos si queremos pensar con la “mente empresarial” que requiere la nueva situación. Tener en cuenta nuestro público objetivo (listos o torpes, ricos o pobres,…), valorar nuestras posibilidades de negocio, adaptar el producto al cliente (horario, materias, metodologías) y establecer el plan de marketing adecuado (fidelización de la clientela, imagen de marca,…) Por cierto que, en esto, ofrecer materias adicionales o impartir materias en inglés es una publicidad que vende mucho.

La orden permite incrementar el valor añadido del producto: Podrán pasar de un mínimo de 25 horas semanales a un mínimo de 30 (por cierto, ¿cuál va a ser el máximo?). Y ofrecer a los niños y niñas de Primaria materias como, por ejemplo, biología o física y química, que suenan a casi universitarias, aunque no hay ninguna razón para pensar que vayan aprender más y mejor que cuando estudian, de manera integrada las “ciencias de la naturaleza” (solo que esto sueno mucho más “infantil”, que parece que vende menos). Y además se puede llamar a la ciencia, “science”, que, como las películas de Holywood que no doblan, resulta más elegante.

Pero para lograr ese mayor valor añadido y posición en el mercado es necesario mejorar la eficiencia de la línea de producción. Como nuestro sector es intensivo en mano de obra (aunque sea cualificada) y la maquinaria interviene poco, eso pasa necesariamente por mejorar los niveles de productividad del profesorado. Este nuevo modelo nos exigirá un cambio en el perfil educativo (conocer y acreditar conocimiento de idiomas) y abre la puerta a una ampliación de horarios (porque, ¿a las costillas de quien se establecerá esa ampliación de horario lectivo?). Y supone una amenaza a las condiciones de trabajo de todo el profesorado, tanto de la enseñanza pública como de la enseñanza privada y concertada: requisitos de formación para el acceso /mantenimiento del empleo, derecho al destino, jornada.

Pero es también un ataque al modelo de la escuela pública regido por valores ajenos a estos conceptos de mercado. Una escuela pública a la que además se la coloca en una situación de desventaja, ya que tendrán más dificultades para cumplir los requisitos para la implantación de la ampliación de currículo. Supone también avanzar en la diferenciación y especialización de los centros y la segregación del alumnado, que se verá abocado a “elegir” el centro que antes le haya elegido a él o ella (al alumnado con más necesidades o con más dificultades, a las familias ricas o a las pobres,…)

Si prospera la orden de la Consejería de Educación los padres solo podrán elegir el colegio que quieran libremente como libremente elegimos en qué gastar nuestro dinero, unos en un triciclo otros en un Ferrari (¿verdad?). Y a eso, lo llamarán libertad de elección. Pero, para mí, libertad seguirá siendo poder elegir y poder decidir. Poder elegir si quiero el colegio de mi barrio, y decidir, con las otras familias, con los profesores/as, con los vecinos/as, con el alumnado qué escuela quiero.

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Una respuesta to “LA AUTONOMÍA DE LOS CENTROS: UN ATAQUE AL MODELO DE LA ESCUELA PÚBLICA Y A LAS CONDICIONES LABORALES EN LA ENSEÑANZA (PÚBLICA, PRIVADA O CONCERTADA)”

  1. ANTONIO GARCIA OREJANA Says:

    me parece un artículo muy acertado, los términos que siempre han sido propiedad de la izquierda y que están ligados a principios fundamentales como la igualdad, la democratización de los centros o el control social de los fondos públicos no nos los pueden usurpar uniéndolos a los principios ultraliberales del indvidualismo o la competitividad.

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